Autoentrevista de Mauricio Garces – Segunda Parte

Primera parte

-Mami, ¿cuántas veces me he divorciado?

-¿Cuántas veces te has casado?

-Pues no estoy muy seguro, pero creo que ni una.

-Entonces me quieres explicar, animal, ¿cómo puede alguien divorciarse si no ha estado casado nunca?

-¡Eso es lo que yo digo! Pero como aquí en esta revista dice… pues…

-¡Mentira! Si hubieras nacido en Chihuahua yo lo sabría. No naciste en Chihuahua porque yo nunca he estado en Chihuahua, y si soy tu mamá, ¿cómo puedes haber nacido en Chihuahua si nunca estuve en Chihuhua ? ¡En cuanto a que estés casado, tampoco es cierto!.

-¿Estás segura?

-¡Claro! ¡Mira… aquí tengo la prueba!

Me llevó a su closet y lo abrió.

-¿Cuántos sombreros ves?

-Dos.

-¡Ahí tienes! Está claro, ¿no?

-Pues… muy, muy ¡no!

-¿Cómo que no? Cuando un hijo se casa, la mamá estrena sombrero, ¿correcto? Ustedes, mis hijos, son tres. Dos casados; puesto que tengo dos sombreros, si tú te hubieras casado ¿cuántos sombreros tendría?

Saqué papel y lápiz, me encerré en mi cuarto, y a las dos horas, perlando sudor, salí exclamando:

-¡Madre! Ya tengo la solución. Si yo estuviera casado, tu tendrías tres sombreros. ¡Tres!

-¡Bravo! –exclamó mi madre– ¡Ese es mi hijo! ¡Qué brillantez! ¡Qué reflejos! ¡Qué mentalidad…! ¡con razón eres actor! –Y me dió un beso que casi se lleva la mitad de mi bigote. Pero yo todavía no terminaba con ella.

-Mamá, ¿dónde nací?

-Cómo, ¿pero estás hablando en serio? ¿no sabes acaso dónde naciste? ¿o te estás haciendo el chistoso?

-¡Pues no sé, mamá! –grite enojado– ¡Ni tampoco tengo por qué saberlo! Como quiera que sea, creo que cuando me diste a luz, estaba bien chiquito en ese momento, y no considero justo que a una gente de dos horas de edad se le exija que sepa de corrido la Geografía, ¿verdad?”

-¡Tienes razón, hijo mío! ¡No había pensado en eso! Naciste en Tampico.

-¿Qué año?

-En 1927.

-¿No fue en el ‘14?

-En el 14 fue la Guerra.

¡En esta Revista dice que fue en el ‘14!

-¡Miente! ¡Si lo sabré yo!… En el ‘14 no habia nacido ni tu hermano mayor. Y si el mayor no habia nacido, ¿cómo puede nacer el chico? Si el chico hubiera nacido antes que el mayor, el mayor sería el chico, y el chico el mayor ¿o no?

 

PAUSA..

 

La lógica era aplastante. Mi madre tenía razón. Yo hubiera nacido en el ‘27, no en el ‘14; además, si hubiera nacido en el ‘14 pues me acordaría bien. Como quiera que sea, en esas fechas había una guerra ¡y las guerras hacen mucho ruido! Pensando, pensando, empecé a recordarlo todo yo solo:

Hasta los 7 años estuve en Tampico. Me acuerdo porque todos los días me quejaba del calor.

-¡Mamá!

-¿Qué?

-¡Hace un calor de los diablos!

-No te quejes muchachito, que te va a castigar Dios.

-¿Qué tiene que ver Dios con que haga un calor de los diablos?

¡No quiero que se tome esto como una irreverencia! Yo estaba chico. No sabía entonces que Diosito sí tiene que ver con que haga o no haga mucho calor.

-Dios tiene que ver en todo.

-¿También en Tampico?

-¡También! Y ya no blasfemes o te repito que te va a castigar.

No quedé muy convencido, y terco como soy, insistí.

-¡Pues hace un calor de los recontra diez mil diablos!

A la media hora se soltó el primer ciclón… Volaron techos, árboles y casas, se desbordó el Pánuco y se inundó la ciudad. Al otro día el huracán llegó a su clímax. Todo estaba destruido. Y después… ¡la calma!

Todavía estaba yo debajo de la cama (estuve cuatro días). Me asomé con timidez. Ví los zapatotes de mi papá, los zapatos de mi mamá, los zapatitos de mi hermano el grande… y a mi hermano el mediano no le vi sus tenis porque yo los traía puestos… y eso lo tenía furioso. Me asomé más. Mi mamá fue la primera en hablar:

-¿Sigues con calor, chulito?

-¡Más bien, tengo friíto!

-¡Pues es lo único que tienes! –rugió mi papá– ¡ porque el río se llevó la tienda y no nos queda nada!.

 

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